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domingo, diciembre 12, 2010

Los españoles hablan de la infidelidad



por Ana Alejandre






 Imagen publicitaria de la película sueca Infiel, protagonizada por Liv Ulmann

El periódico El Mundo publicó el  pasado día 1 de diciembre, una encuesta realizada por el Instituto IPSOS que se refiere a lo que piensan los ciudadanos europeos, y entre ellos los españoles, de la infidelidad, dando resultados que, cuando menos, son sorprendentes e inesperados, a la vista de tanta “generosidad” y “comprensión” por parte de un 57% (¡nada menos!) de los encuestados que afirman que serían capaz de perdonar una infidelidad de sus cónyuges o parejas.

Además de la capacidad de perdón demostrada, hay también un signo de modernidad en comprensión en otro alto porcentaje, nada menos que un 66%, que no consideran infidelidad enamorarse de otro/otra , en contra del 34% que afirma que sí lo es. Aquí la generosidad se nota aún más acentuada, porque se admite que la pareja llegue un día y diga, por ejemplo “Pepe, me he enamorado de otro. Lo siento”. Y el aludido responda, con una comprensión que obnubila a la propia enamorada de quien no corresponde cuando oye: “no te preocupes, Concha, que amar al prójimo siempre es bueno y es mucho peor odiarlo”. Y sigue tranquilo leyendo el Marcas, si es que lee algo, en vez de formar un escándalo y liarse a bofetadas que es lo que hacían los españolesde décadas atrás, menos modernos y menos sumergidos en la onda pasota,

A todo eso se suma el 39% de los encuestados que afirman que han sido infieles a su pareja o pueden llegar a serlo, en una clara manifestación de intenciones que no dejan duda, aunque no se sabe si esa claridad la utilizan antes sus respectivas parejas o sólo la usan cuando no les oyen.

Haciendo hincapié en la modernidad manifestada que parece ir en aumento, ya que afirma el 33% que besar a otra persona en la boca no es signo de infidelidad, lo cual es normal, porque darse un beso de tornillo es algo corriente entre amigos ycompañeros y es una práctica habitual  en esta sociedad civilizada que trata amorosamente al prójimo y a la prójima, sobre todo si está bueno/a.

El machismo sale a flote a trravés de las cifras estadísticas, porque el 21% de los encuestados hombres afirman que han sido infieles a su pareja, de los que afirman que sólo una vez el 8% o más veces un 12% (falta un 1/% que no puede o quiere  acordarse y por eso no afirma nada al respecto). Las mujeres, sin embargo, son más pudorosas a la hora de contar sus devaneos amorosos, porque sólo un 14% afirma haberlo hecho y de ellas sólo un 5% lo ha hecho varias veces. Aquí se nota la preponderancia del macho a la hora de ser infiel, aunque ese 21% resulta escaso para la realidad social en la que vivimos.

Siguiendo con los ejemplos de modernidad y tolerancia, por llamarlas de alguna forma, un 48% de los encuestados afirma que es posible amar a sus pareja mientras que se le es infiel, lo que ya es elasticidad emocional porque algunos/as tienen un corazón como una casa de huéspedes en el que caben todos/as, aunque no dice ese 48% si a la inversa, es decir que su pareja le fuera infiel, afirmaría lo mismo. Aunque, el 34% de ese porcentaje anterior afirma que "todo depende de las circunstancias" -es decir que el que responde sea el infiel y no su pareja, dicho en roman paladino-, y el 14% afirma que es posible en todas las circunstancias, lo cual parece confirmar que ya lo han probado, es decir, el amargo sabor del engaño.

En el aspecto del perdón a la infidelidad ya consumada, los hombres demuestran que son más generosos (o más ilusos, simplemente, o hablan en boca de sus mujeres) pues un 52% afirma que es posible perdonar la infidelidad y un 14% de ese porcentaje dice estar seguro. Las mujeres (más realistas o más engañadas o con mayor probalidad de serlo) afirman que “lo piensa” (es decir, una hipótesis que todavía no ha pasado a tesis) y de las cuales un 13% están seguras (o sea, que ya han perdonado porque han sido engañadas). Del conjunto de hombres y mujeres encuestados afirma un 57% que sería capaz de perdonar a sus parejas infieles (ese condicional demuestra que no lo ha puesto a prueba todavía tal supuesto) y de ese porcentaje el 12% está seguro o ya lo ha hecho (lo que demuestra que la seguridad es demostración de que ya la hipótesis se ha convertido en tesis).

Lo más extraño, chocante e increíble es que los hombres demuestran ser más propensos a perdonar la infidelidad de sus parejas (ja,ja,ja,) ya que un 60% de ellos afirma tal supuesto, en relación con un parco 54% de las mujeres (más realistas, más engañadas y más suspicaces) aunque afirman en mayoría las mujeres que ya han perdonado un 7%, contra el 5% de los hombres (aquí se demuestra la diferencia entre lo que el hombre piensa que “podría” hacer y lo que, de verdad, “hace”). El dato más importante es que los mayores de 35 años son los más propensos a perdonar, en contra de la visión más idealizada de los más jóvenes que demuestra que la experiencia vital va minorando las exigencias y el idealismo y va aumentando el desengaño y, por tanto, la aceptación resignada de una realidad que no es como se quisiera que fuera.

La encuesta ha sido publicada en la página de encuentro extraconyugales Geeden..com y El Mundo se ha hecho eco de ella. Las parejas encuestadas eran 1.501, de las que 501 eran españolas y el resto de diversos países europeos, lo cual puede explicar el exceso de perdón, comprensión, tolerancia y generosidad que, con respecto a las parejas españolas, no han sido nunca precisamente predominantes en cuanto se refiere a la infidelidad, sus efectos y las reacciones que provocan en el engañado, y que en España se ha saldado en multitud de ocasiones, desgraciadamente, con asesinatos pasionales, broncas, gritos, bofetadas y llamar al otro/a de todo menos bonito/a.

No es que sea malo ser moderno, tolerante y demás, pero esto no se aplica a una sociedad, a un país mediterráneo como el nuestro, en el que “la maté porque era mía” era un grito de guerra de los supuestos machos y los maltratos estaban y están a la orden del día, como demuestran las siniestras cifras de mujeres muertas y maltratadas, que arroja una cifra escalofriante de más de 70 mujeres asesinadas por sus maridos o parejas.

Por eso, esas respuestas comedidas, asépticas y neutras, en la que los celos no aparecen por ninguna parte, ni el sentido de la posesión, de la pasión tan típica del carácter español, son producto de que la mayoría de los encuestados pertenecen a otras latitudes más frías, más apáticas en la manifestación de los sentimientos amorosos que en nuestro país, ardiente y apasionado, ha creado en literatura, cine y teatro obras en las que predomina el amor y después el odio, pero nunca la calma chicha, la indiferencia, la comprensión de la debilidad de la carne (a no ser la propia), y el desamor de forma civilizada. Nuestro país y sus ciudadanos se mueven por unos parámetros menos “civilizados”, menos neutros y desapasionados, porque aquí el que la hace la paga, sobre todo si es mujer la que lo hace, y eso demuestra las cifras oficiales de divorcios que  afirman que de cinco matrimonios celebrado -sin contar a las parejas de hecho-, a los cinco años sólo quedan dos, y no sólo por problemas de celos, infidelidad o engaño, sino por los caracteres que tiene la visceralidad, la pasión, la iracundia, el sentido de la posesión que no conocen los alemanes, suecos o noruegos, pero aquí en este país llamado España, es el marchamo de origen, de idiosincrasia y de perdición para muchas víctimas del machismo aún imperante y renuente a desaparecer.

Será por eso que las extranjeras de otras latitudes menos ardientes en cuestiones amatorias vienen buscando al macho español, hartas ya de tanta tolerancia, frialdad, indiferencia y comprensión por parte de sus compatriotas que estarían dispuestos a comprender, aceptar y respetar, primero, el adulterio, y, después, el divorcio civilizado, lo que no se conoce en estas latitudes de sangre ardiente y redacciones a flor de piel que llena los juzgados de peticiones de divorcio que se convierten en una lucha campal para dividir el haber común: la casa, los niños, el perro y hasta la culpa del naufragio conyugal porque ésta, por el contrario, ninguno la acepta en su haber.

Todo lo dicho no quiere decir que se ponga en duda el rigor y la profesionalidad de los expertos que han hecho la encuesta, porque no se ponen en duda en ningún momento, sino la sinceridad, en cuanto a los españoles que han respondido y que, curiosamente, lo han hecho a través de una página de contactos extraconyugales, lo que ya demuestra que una cosa es la que se predica y otra la que se hace. Quien dice que está dispuesto a perdonar una infidelidad, lo dice estando en pleno proceso de cometerla, lo cual es bastante sarcástico porque esa generosidad de perdón es la que, en el fondo, le gustaría recibir al infiel. Muy curioso y muy aleccionador, porque una cosa son los hechos y otras las palabras y está demostrado que en esta vida quienes menos perdonan un determinado acto cometido por  los demás y siendo las víctimas los que hablan, son los que lo hacen más o están dispuesto a hacerlo.

Las encuestas siguen demostrando que se responden con facilidad y sin decir la verdad, porque son solo un juego para quien es encuestado, aunque no lo sea para el encuestador. Es difícil hablar de temas íntimos, como es el asunto de la infidelidad activa o pasiva, con alguien a quien no se conoce y, además, sabiendo que el resultado va a ser publicado, por eso la mayoría de las veces las respuestas obedecen más al deseo de decir lo “políticamente correcto” y no lo que en realidad se piensa, se hace o se es. En las encuestas es cuando el que responde ofrece la imagen que sabe es la más favorable ante los demás.

Otra cosa,es que se lo crean quienes realizan la encuesta, los que la leen y, mucho más aún, los que la responden.

domingo, abril 04, 2010

La humildad de los genios


por Ana Alejandre

La noticia es sorprendente, cuando menos, en una doble vertiente: la primera la de su talento matemático, ya que este genio ruso de las matemáticas, Grigori Perelman, quien ha sido capaz de resolver la Conjetura de Poincaré, unos de los siete enigmas o dilemas del milenio, como se le ha considerado y que ha supuesto más de un siglo encontrarle la solución; y la segunda, por su humildad y falta de codicia por la que ha renunciado a recibir el premio de un millón de dólares que le ha otorgado el Instituto de Matemáticas Clay (EE.UU) por haber realizado la proeza de resolver el mencionado enigma matemático.

Gregori Perelman, de 43 años, y que vive con su madre en San Petersburgo, en una vivienda humilde, en el mayor de los ostracismos, por sentirse decepcionado de su profesión, según ha manifestado el propio Perelman, asegura que no está interesado ni en la fama, ni en el dinero, ni en el reconocimiento que por su labor le pueda otorgar el mundo científico.

Esta afirmación ha demostrado que es coherente con su conducta, porque ya en 2006 rechazó también recibir la medalla Fields, que es la mayor distinción en la ciencia matemática (similar en su importancia al Premio Nobel de las Matemáticas).

Incluso, en su más sincera y sorprendentehumildad, afirma que no es tan buen matemático ,como afirman, y que no quiere sentirse observado como en un zoológico.

Una vez más, la genialidad va a acompañada de la sencillez, la humildad y la falta de codicia. Habría que reflexionar por qué en estos seres excepcionales siempre se encuentra el ejemplo de coherencia, integridad moral y falta de todo tipo de vanidad y engreimiento, tan dado sin embargo en los mediocres, ambiciosos y cantamañanas que pululan en todas las profesiones y que estarían dispuestos a cualquier vileza con tal de salir “en la foto”, ser encumbrados a la fama y distinguidos con cualquier premio, aunque fuera “al más tonto del año”.

Sin duda, ejemplarizante en su doble cualidad de talento y humildad. La pena es que este tipo de conductas se den tan raramente y siempre se diga, como coletilla para justificar su ausencia, que la genialidad y la excentricidad siempre van unidas. Aunque, quizás, habría que decir que la falta de talento y la vanidad siempre coinciden en las personas, además de la codicia y la ambición.